Teepah

Yoga: Conjunto de disciplinas físico-mentales originales de la India, destinadas a conseguir la perfección espiritual y la unión con lo absoluto.

No somos muy aficionados a esta actividad, ya que tenemos menos flexibilidad que una silla, pero estamos en India y la capital del yoga está en nuestro camino, así que nos vamos a Rishikesh. Concretamente a Laxman Jhula, que me recuerda a la mujer de Apu.

A estas alturas ya sabréis lo que nos gusta: llegar a las 6 de la mañana, sin mapa, cansados y sin tener ni idea de ningún sitio en el que poder alojarnos.

Aun así, esta vez estamos más animados y nos recorremos el pueblo buscando hostal, tratando de regatear lo mejor posible y sin conformarnos con cualquier cosa. Entre guesthouse y guesthouse, nos da los buenos días el Ganges, con un agua azul turquesa que refresca la mirada.

Y el río ese marrón lleno de porquería y más feo que un pie por abajo, ¿dónde está? Ah, claro, debe ser que aquí no tiran cadáveres al agua. O, al menos, no tantos.

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Quién nos hubiera dicho que el Ganges podría parecer tan limpio

Conseguimos una habitación barata y nos vamos a tomar un chai. Dormir es de cobardes.

De ese día hay poco que rescatar. Ya por la mañana nos damos cuenta de lo mucho que echaremos de menos a Julio y a David y las partidas de mus con ellos. A mediodía nos dan un flyer en el que se anuncia que a partir de las 18:30 habrá música en directo, buen ambiente y comida barata. Nos gusta la idea y nos aventuramos a ir a las 19:30 al Anne’s Cafe.

La música en directo es un tío tocando un didyeridú, especie de flauta enorme de madera y de sonido grave, y otro tío dándole a la tabla, timbal indio, sin un ritmo fijo. El buen ambiente es un grupo de siete israelíes hablando en su idioma y sin ninguna intención de relacionarse con nosotros. “Al menos nos quedará la comida”, pensamos.

  • Señorita, ¿nos pones una coca-cola y un sprite?

  • ¡Oh! Lo siento, no nos quedan refrescos.

  • Bueno, entonces dos chais.

  • Bien, y ¿para comer?

  • Pues dos thalis de esos que anunciabais en el flyer.

  • Tampoco nos queda.

Resumen: reparten panfletos diciendo que habrá música en directo y comida intentando atraer a gente y cuando llegamos, no hay mucha gente, no hay thali, no hay refrescos. ¿Para qué repartir nada? Sin embargo, acabamos el día con una buena noticia, Julio y David vienen pasado mañana.

Al día siguiente se nos ocurre ir a la cascada que nos recomendaron Erin y Maka, aun sabiendo que puede que no sea un camino sencillo, ya que nuestros amigos se pasaban de aventureros. Tras cruzar el puente colgante, hacemos una pausa en una cafetería antes de comenzar el trekking, con el objetivo de reponer fuerzas por si la cosa se complica. Conocemos a Michaella, pelirroja, de Munich, 24 años y viajando sola; nos cuenta que en la semana que lleva en India ya ha tenido varios sustos: algunas malas experiencias con algún indio de manos largas y una extraña parada en mitad de la nada anunciando que el autobús no va al destino antes pactado. Anécdotas aparte, es la primera viajera sola que conocemos que haya tenido algún problema de ese tipo. De todas formas, confiesa que fue sacar su genio europeo y ver cómo achantaban los locales.

Se apunta a venir al trekking con nosotros. No tenía el plan de ir a la cascada, es profesora de yoga y es por ello por lo que está en Rishikesh. Santi, que siente mucha curiosidad por aquello de la meditación, aprovecha la ocasión.

  • Oye Michaella, eso de la meditación… ¿Cómo funciona exactamente?

  • Pues mira, la meditación es un instrumento mediante el cual consigues abstraerte de todo lo que te rodea y preocupa. Cuando acabas el ejercicio estás tan contento y de buen humor que no hay nada que consiga enfadarte durante el resto del día. Hay varios grados de meditación. Cuando lo vas dominando, el efecto que puedes conseguir es parecido al de las drogas, pero de gratis. Puedes ir más allá incluso. Puedes olvidarte de tu cuerpo y que éste se expanda llenando todo el espacio de la habitación en la que te encuentras. Puedes incluso salirte de ti mismo y observarte desde fuera.

Asintiendo dócilmente como cuando un borracho te empieza a contar su vida un sábado por la noche, Santi pone cara de clase de lengua y sigue la explicación mientras trata internamente de creerse que la chiquilla no está loca. Cuando ve ocasión cambia el tema de conversación porque si no aquí la tía ésta digievoluciona o algo.

  • Wow, fascinante. ¿Vamos pa la catarata?

  • Sí. En cuanto me termine el té.

Y en el trayecto conocemos a Mireia, catalana, pasados los 40 y viajando sola. La única experiencia un tanto desconcertante que ha tenido, nos cuenta, fue un señor que empezó a hablar con ella por la calle y, después de unos minutos de agradable conversación, le preguntó si quería sexo con él. Se ríe, aunque en aquel momento no le hizo tanta gracia.

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Un alto en el camino, solo falta el bocadillo de chorizo

Pero la pelirroja sigue llamando nuestra atención. Ha viajado mucho y está claro que tiene historias que contar. Nos cuenta una que sucedió en Marruecos, estando con el que era su novio por aquel entonces:

Llegamos a la ciudad y conocimos a un local. El señor era muy majo y, en todo momento, muy atento y amable. Nos íbamos a quedar con él a dormir al menos una noche, y la verdad que todo pintaba de maravilla.

Pero entonces, nos llevó a una cabaña alejada de toda civilización y la cosa se empezó a poner tensa. Una vez sentados en el salón, su sonrisa cambió y su voz ya no era la amable y pacífica con la que nos había tratado al principio. “Hablemos de negocios”, dijo. Nosotros no sabíamos qué decir.

Se refería a drogas, cuántos kilogramos queríamos, cuánto íbamos a pagar. Su rostro se oscureció aún más cuando se dio cuenta de que no estábamos allí para eso. Gritos y gritos demostraban la furia que llevaba en el interior. Nos dijo que no podía dejarnos marchar, que ahora ya sabíamos a qué se dedicaba y que o nos llevábamos mercancía o nos tenía que matar. Posó una pistola encima de la mesa. Jamás he pasado tanto miedo. “Os mataré como he matado antes a otros muchos”, nos gritó.

Un minuto es lo que hace falta en una situación así para poder huir y lo tuvimos cuando desapareció detrás de la puerta. Salimos de la casa, encendimos el motor del coche y no miramos atrás.

Ha habido casos de personas que cuando pasan la frontera, les paran en aduanas y les encuentran grandes cantidades de hachís. Sin enterarse, han sido víctimas de contrabando. Diez años en la cárcel y no has hecho nada. Y en una cárcel extranjera.

En la embajada nos dijeron que no podíamos hacer nada, que si se lo comentábamos a la policía de aduanas nos iban a asaltar a preguntas y posiblemente tendríamos el mismo final.

Salimos de aquella airosos.”

Mientras terminaba la historia y nosotros asistíamos perplejos a semejante relato, alcanzamos la cascada.

Aquí los indios se bañan con camiseta, como si fueran a ocultar los kilitos de más. Pero nosotros nos quedamos en gallumbos (hay que ser cazurro para no llevar el bañador sabiendo que vas a una cascada y te vas a bañar), y al agua patos. Mireia y Michaella tiran de valor y hacen lo propio. Reconocen que si no estamos nosotros no se bañan en ropa interior ni locas y, a juzgar por las miradas lascivas y de incredulidad de los locales, les damos la razón.

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Después del baño y del chai

Un chai calentito y a vestirnos. Las chicas bajan ya al pueblo, con miedo de que se les haga de noche. Nosotros seguimos contagiados por el espíritu aventurero de Maka y Erin y tiramos para arriba. Según nuestro amable vendedor de chai, el pueblo está a veinte minutos subiendo, así que vamos con tiempo.

El tío se lo debe de hacer a sprint. Esos veinte minutos subiendo se convierten en cuarenta y cinco y no debemos ni haber llegado a donde él decía. Pero encontramos otro entretenimiento y unos nuevos amigos. Jugamos un rato al cricket con ellos, compartimos unas cuantas risas y vaciles y nos despedimos. El sol baja rápido y no queremos que nos pase como la última vez.

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Jugador profesional de cricket en nada
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Entre risas, cosquillas y vaciles

David y Julio acaban de llegar. Son las 7:30 de la mañana y llegan muertos, por lo que se echan vestidos a la cama y a sobarla. Cancelamos el plan de ir en moto a las otras dos cascadas que hay por la zona y les dejamos descansar el resto de la mañana.

Comemos los cuatro juntos y practicamos un poco de nuestra querida sobremesa española, con un buen mus, claro que sí. Pero esta vez ese poco se convierte en un mucho. Tanto es así que llegamos a pedir la cena sin salir del local.

Entre envite y envite, David nos habla un poco más de su viaje. La vuelta al mundo sin coger aviones. Desde Madrid hasta Madrid. Impresionante. Escribe un blog que altamente recomendamos: tierraalavistablog.com. Nos ilustra, nunca mejor dicho, con sus dotes fotográficas y nos da algunos consejos que sin duda nos serán de utilidad.

El día se termina con la reserva de un rafting en el Ganges antes de irnos. No sabemos a qué hora se va nuestro bus pero Nepal nos espera y queremos partir ya, así que el rafting será temprano para que dé tiempo a todo.

Ocho de la mañana, a los pies del Himalaya, rafting en el Ganges, río cuya agua proviene de un glaciar al que se le debe su color azul turquesa, resultado: más frío que cazando pingüinos. Tal vez al ver el agua de ese color a las cuatro de la tarde después de haber sufrido el abrasador calor que proporciona el sol en India, te den ganas de meterte de cabeza; pero a esas horas de la mañana uno desea una ducha caliente y un café con leche.

Sin embargo, el ver a David empapándose en cada rápido y a Julio nadando a más no poder sin conseguir alcanzar la barca, nos hace entrar en calor gracias a las risas.

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Qué bonito y qué frío el Ganges a esta altitud

Después del “paseín” en barca, comer y… seguro que lo adivináis. En el bar ya ni vienen cada veinte minutos a ver qué queremos, así que yo me doy mus. Se acerca la hora y perdemos de paliza, éstos han estado practicando seguro. Órdago a chica y les damos una más que merecida victoria a nuestros amigos.

Nos agenciamos unos aloo paratha para el viaje y nos despedimos de David y Julio. No van a venir a Nepal, aunque no es por falta de ganas. Irán a Delhi a por un amigo y luego a seguir por India. Puede que nos veamos en un futuro: Tailandia, Camboya, Vietnam; sin embargo, nos proponen unirnos en Navidad en Goa, formando piña, formando familia. No estaría mal, pero sería mucha distancia y nos retrasaríamos mucho.

Llegamos a las 18:00 a la estación de Haridwar y nos encontramos con un petazo descomunal. Sí, es India, siempre hay multitudes en cada rincón, pero aquello no era ni normal para India: autobuses llenos hasta el techo (y no es una expresión), gente empujándose unos a otros para entrar en un bus en marcha, aglomeraciones de personas esperando y buscando un cartel que indique que se dirige a su destino para poder echar la carrera y meter presión en el autocar. Un caos.

Y ahí estamos nosotros, sin saber dónde está nuestro bus, ni a qué hora sale, ni si hay sitios, nada. Preguntamos y nos señalan diferentes andenes, nos dicen que igual están todos llenos y que igual no podemos ir hoy, es Diwali y la gente va a casa.

Por nuestra experiencia, Diwali es como unas Navidades aquí: reuniones familiares y con amigos, lucecitas en las casas, niños cantando en la puerta de los locales, y fiesta.

Pero la fiesta no es para nosotros, o al menos no en ese momento. De los cinco autobuses en los que preguntamos, solo uno tenía dos sitios libres, en la parte de atrás, y por situaciones ya vividas, sabemos que no es buena idea coger esos asientos, el bus va a ir botando todo el camino y son ocho horas. Santi se niega a cogerlos y Sule acepta que igual podemos encontrar un transporte más tarde.

Son ya las 20:30 y aún nada. Tras varias carreras sin éxito y la movilización de una decena de personas para que nos ayudaran, seguimos en las mismas. De repente, Sule distingue Banbasa escrito en hindi en el frontal de un autobús. No preguntéis cómo, pero estaba en lo cierto, era aquel bus.

Salimos a sprint a la caza del vehículo, detrás de una treintena de personas. Empezamos a empujar, a clavar codos, a apartar gente. No estoy orgulloso de formar parte de semejante desorganización, pero no me voy a quedar yo en tierra por no saber ellos cómo gestionar la entrada a un transporte público.

Con la camisa rota y algunas magulladuras conseguimos entrar. No hay sitio para sentarse, con lo que nos tocará ir 8 horas de pie.

No voy a alargar más la historia del viaje en sí hasta Pokhara: 8 horas hasta la frontera en un bus local; trámites para sacar el visado; 7 horas de espera en Mahendranagar (Nepal); 14 horas hasta Mugling; 3 horas hasta Pokhara en otro autobús local dándonos con la cabeza en el techo todo el rato debido a los botes.

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Cruzando nuestra primera frontera

Pero sí quiero ponerme serio y contar algo que vimos en Mahendranagar y que nos supuso una bofetada de amargura: llegar a Nepal y ser lo primero que nos enseñaba el país.

Ojalá el título de este capítulo fuera otro o, al menos, tuviera otro significado. Ojalá fuera el nombre de una hermosa niña nepalí que no dejó de sonreír y de jugar con nosotros. Ojalá fuera la palabra que se utiliza para agradecer una ayuda que nos sirvió para encontrar el bus dirección Pokhara. Ojalá fuera un juguete por el que los niños se pelean amistosamente para poder jugar con él. Ojalá.

Pero Teepah no es ninguna de esas cosas.

Son las 14:30 y salimos en media hora. Un grupo de harapientos niños se juntan en un rincón de la estación para jugar a una especie de petanca. Agolpados en la sombra, se ríen mientras sujetan una bolsa que parece contener gominolas. Pero uno está más serio y acusa a otro ante la atenta mirada de sus amigos. De repente, las risas se apagan y todos acusan al mismo abalanzándose sobre él. El chico, que lleva la cabeza malamente rapada, sale corriendo por detrás de la cabina de información, pero no tardan en darle caza. Les paramos antes de que vayan a las manos. El que parece el líder del grupo grita, acusa y lanza algún que otro intento de empujón. “¡Teepah, Teepah!”, nos dice mirándonos con el ceño fruncido y señalando al acusado. No entendemos nada pero vemos que se calman un poco y los soltamos.

Sin embargo, la voz de un señor detrás de nosotros los hace descalzarse a la vez: “Uno para uno”. La situación nos hace reaccionar tarde y ya se han enzarzado. El señor se ríe mientras Sule intenta separar a los dos niños. “¡No tiene gracia!”, le espeta Santi al nepalí, que acto seguido muta la expresión.

“¡Teepah, Teepah!”, vuelve a gritar el cabecilla. Entonces el señor nos lo explica cuando ve la bolsa que tiene el acusado en la mano. Droga.

Un 93% de los menores de 25 años que viven en las zonas urbanas consume opiáceos, y un 32% asegura haber probado por primera vez los estupefacientes con 15 años o menos. El precio de la heroína ha incrementado mucho, pero eso no evita que los niños pobres o huérfanos consigan un nuevo medio para poder chutarse. Un increíble artículo que relata alguna historia a cerca de la drogadicción en Nepal.

Aquella bolsa contenía pegamento y cuesta unos dos euros. No tienen dinero para más. Una comida al día, la sombra, la partida y la bolsa. Si les quitas esto último se les nota en la mirada lo que estarían dispuestos a hacer.

No pasan de los 12 años y ya están con el mono, pegándose por esnifar un poco más. El gobierno no se ocupa de ellos, “mientras no roben no se preocupan de si existen”. Seguramente todos hayáis visto a drogadictos pidiendo en la calle. Y seguramente también hayáis visto pobreza infantil. Pero puede que no hayáis mirado a los ojos a un niño de 11 años y tras ellos hayáis visto su paupérrimo futuro, más corto que lo que se tarda en decir “se acabó”.

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2 respuestas a “Teepah

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