Un dado, un caballo de bastos y una reina del baile destronada

Las despedidas se están convirtiendo en un postre nada dulce y muy habitual en nuestro viaje. Saber que posiblemente no vayas a volver a ver a una persona que te ha tratado como a un miembro de la familia durante una semana es difícil de digerir.

Pero como digo, se está volviendo rutinario y poco a poco nuestro estómago (metafórica y literalmente hablando) se ha ido endureciendo.

Nos fuimos a pasar las Navidades a la Isla de St. Martin. Lugar idílico, playas larguísimas, agua cristalina, paz y tranquilidad, puestas de sol de postal… ¡MENTIRA! Google Imágenes nos vuelve a engañar, como ya hizo en su día con la ciudad india de Jaipur, y nos mete en la cabeza que vamos a estar como en el Caribe. Asimismo, los bengalíes también la ponen de lugar de vacaciones ideal. Sin embargo, este Marina D’Or no se acercó demasiado a nuestras altas expectativas, culpa nuestra también.

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Vamos pa St Martin’ Island

El que la isla sea de coral suena muy bien y muy bonito pero no tiene nada de bueno. La marea descubre la roca esparcida por toda la orilla y aún no me explico como no nos hemos dejado un pie, o los dos. La mejor zona para bañarse está hasta los topes de bengalíes revolcándose en la orilla con la ropa de invierno puesta y con la bufanda al cuello. La arena no es mucho mejor que la de las playas españolas y el agua tiene el color de siempre, a pesar de que los locales flipasen porque “no sabía que el agua pudiera ser tan azul” (palabras textuales; claro, viendo siempre el agua del río, en ocasiones marrón y en otras verde fosforito, donde no sería extraño encontrarse un pez con 4 ojos).

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Sin ánimo de herir la sensibilidad de nadie, pero es que era muy grande

Dimos la vuelta a la isla entera en bici y nos encontramos con que el mejor spot para darse un chapuzón estaba no muy lejos de nuestro hostal. Así que ahí pasamos 3 días a nuestra bola, en el más tranquilo de los rincones, cual pareja de jóvenes enamorados en Llanes.

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Alberto Contador pillado dando un paseo por St Martin
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Estudiando

Unas Navidades diferentes, sin duda. Se echó mucho de menos no solo la comida, sino también el discurso de navidad de Tele Cinco (es broma family). Quisimos desearos una Feliz Navidad dando rienda suelta a todo ese arte que llevamos dentro, pero la luz y la imposible perspectiva no quisieron ser nuestras aliadas y el resultado no quedaba muy allá.

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Curiosos contemplando la obra de arte
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Santi haciendo pierna (bien dura que estaba la arena)

Vamos con el menú. Cena de Noche Buena: noodles. Comida de Navidad: fried rice. ¿Quién quiere langostinos, jamón, croquetas y turrones cuando se obtienen semejantes manjares a cambio? Compañía: Rony the Stoner y la pandilla.

La historia con Rony the Stoner y cía es algo que nos reservamos a contar. Sólo diremos que estaban muy colgaos y que aquí el colega Rony no paraba de preguntar a la gente que si tenía una serpiente, que quería comer serpiente y que dejáramos de perder el tiempo en Bangladesh y fuéramos a Myanmar a beber alcohol y a comer serpiente si la encontrábamos. Te recordaremos Rony.

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Señorina cargando leña para calentar la cena

Tras pasar unos buenos días en la isla, tocaba dirigirse a Myanmar. Y aquí es donde la frase “tan cerca, pero a la vez tan lejos” cobró el más frustrante de los sentidos. Si tenéis la posibilidad de observar un mapa y localizar St. Martin’s Island al Sur de Bangladesh, veréis que la costa de Myanmar está a escasos kilómetros de ésta, e incluso más cerca de lo que está la costa bengalí. De hecho, en el viaje en barco desde la isla hasta el continente se puede ver tierra birmana.

Sin embargo, el paso por ahí no está permitido, y el viaje que tuvimos que hacer se convirtió en una auténtica odisea.

No quiero rememorar mucho esos cinco días, y entrar en detalle sería tan aburrido como haberlo vivido. El resumen quedaría así:

Un barco, cinco tuk-tuks, tres autobuses, un tren, un taxi, un jeep, dos motos y una furgo; un policía que aseguraba que desde la isla de St. Martin se podía cruzar; un día pensando en si volver o no; 10 militares de la guardia de fronteras que ni sabían inglés ni sabían si se podía cruzar (vaya brigada…); baches, botes y mails desesperantes con la de la Agencia de Myanmar; mucho sueño acumulado; mucha ropa sucia reciclada y por fin, Imphal.

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1er medio de transporte de la odisea
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Recordaba al barco pirata de Playmobil

Y en dicha ciudad del estado indio de Manipur, tras cinco días viajando, nos encontramos, una vez más, sin saber adónde ir. Preguntamos en dos hoteles y dio la casualidad de que estaba todo lleno (obviamente lo que no querían era foreigners, esto se debe a que tienen que dar parte a la policía y se ve que les da pereza). Para coger la van hacia la frontera era demasiado tarde, además era ya noche cerrada y la fatiga de viaje empezaba a hacer mella.

Sin embargo, de la nada, sin esperarlo lo más mínimo, nuestra suerte iba a dar un giro de 180 grados y nos íbamos a encontrar en la más favorable de las situaciones.

Rechazados, como digo, de dos hoteles y con la brújula apuntando a la alcantarilla, un hombre nos da una voz desde detrás. Mentiría si digo que nos dimos la vuelta a la primera, y es que en lo que llevamos de viaje nuestros oídos han aprendido a aislar tanto bocinazos como gritos de gente que te quiere preguntar de dónde eres y qué haces allí. Pero ante tanta insistencia acabamos por  girarnos. Se trata de un paisano que ronda los 50, dueño de 3 gasolineras y de algún que otro negocio de dudosa legalidad, que a las primeras de cambio nos suelta no se qué del ISIS y que demuestra un extrañísimo deseo por que vayamos a su casa. Las miradas dubitativas se cruzaron varias veces entre nosotros, pero hemos venido a jugar, ¿no? (Aun así, la navaja me la metí en el bolsillo, que yo aquí al amigo no me lo creí ni un pijo).

Llegamos al palacio que tiene por casa donde nos recibe su hija mayor con desparpajo y un buen nivel de inglés y su hijo pequeño (lo de “pequeño” por la edad únicamente), que al principio se muestra tímido y que luego quería hasta boxear y bailar con nosotros.

Nos trató genial, pero no por ello una persona te tiene que caer de la misma manera. De hecho nos cayó regular tirando a mal. Las gracias que soltaba no lo eran en absoluto para nosotros; al hijo lo idolatraba de una forma exageradamente diferente y superior de lo que admiraba (si es que lo hacía, porque muestras no dio) a las niñas; lo tenía consentidísimo y gordo como un xatu (pesaba unos 80kgs y tenía 8 años); no dejó de insistir en que apuntáramos nuestra dirección, como si fuera lo único que le importara; nos exhibió a sus amigotes en un alarde de haber conseguido una inverosímil caza… Seguramente leáis esto y penséis que somos unos desagradecidos, pero a nosotros nos dio la impresión de que toda su bondad fue con un fin muy poco ético, intentando recibir algo a cambio, a medio o largo plazo. A causa de esto, puede que algún chaval de Zaragoza reciba la inesperada visita de un magnate indio en la puerta de su casa, y desde ya lo sentimos. (Dudo que exista la calle Los Molinos, ya sería casualidad también).

A la mañana siguiente, y con algo de retraso por mor del colega, partimos hacia Moreh. Nos tocaba, y ya era hora, cruzar la frontera. Cuarto país que pisamos en Asia, y no es ni más ni menos que Myanmar, el completo desconocido, el inicio del Sudeste Asiático, el hermano feo de Tailandia… O al menos a priori.

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3 respuestas a “Un dado, un caballo de bastos y una reina del baile destronada

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