Billar a tres bandas

7 am, suena el despertador y me despierto tras tres felices horas de sueños en un sofá. Algunos ya se cuentan en las siguientes líneas, el resto están por hacerse realidad. Charlo con la gente del piso hasta que casi no queda tiempo para llegar al aeropuerto, pero en un par de carreritas, y casi sin darme cuenta, estoy en la puerta de embarque y sobra tiempo, como casi siempre.

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Va a hacer frío…

Asiento de emergencia y listo para dormir las horas atrasadas, pero dos horas después comienza la sociabilización entre mis dos vecinos, curiosamente de mi misma edad. Un ruso de Talavera que vende muebles de lujo y un australiano vasco con nombre chino que viaja por ocio y negocio, historias de viajeros. Un vuelo tranquilo salvo porque los pobres rusos algo tienen que hacer en un avión sin tele y uno casi muere tras cortarse con una botella… Dejamos pasar a los servicios de emergencia y ya estamos pisando nieve. Dejamos al ruso en Moscú y nosotros seguimos para Bangkok, donde Tao se dispone a comprar para después vender en Perth y yo a buscarme las castañas para encontrarme con los que diseñaron e hicieron posible esta aventura. Por cierto, mi nombre es Emilio, ingeniero/hostelero desempleado buscando encontrarse por esta otra parte del mundo, espero que sigan leyendo de mí por un tiempo.

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Emilio y Tao.

Tarde tranquila y a por el bus nocturno, al cual casi se sube Tao, cuya presencia me sorprendió gratamente en Chiang Mai al día siguiente. Llegué por la mañana temprano esperando un encuentro de película en el que estos dos grandes viajeros me recibían entre risas, pero la realidad suele diferir de los sueños, y los abrazos fueron todavía mayores cuando por fin nos encontramos tras unas cuantas vueltecitas por esta turística ciudad.

Cabe destacar las comidas más ricas y baratas de la ciudad con la paisanina de la calle perdida, damas con el borrachín del whisky sin soda, cartas sin dos de diamantes, muchas partidas de billar acompañadas de cervecitas y una gran noche como indicaba la profecía; un recibimiento por encima de las espectativas de cualquiera. Los siguientes días transcurrieron sin prisa pero sin pausa. Vimos la ciudad y alrededores, con visita en moto al riachuelo y templo cercanos de la mano de Tao, nos perdimos por el mercado y conocimos más personas del lugar y visitantes que si detallase harían de este post el nuevo Nuevo Testamento.

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Entrada al Night Market de Chiang Mai.
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Callejeando por Chiang Mai.

Suficiente para merecernos algún caprichito, cenita en turco, que como chinos y españoles parecen estar por todas partes, y un masaje relajante de despedida, con aceite y todo. Menudo asco luego dos horas en la ducha para quitarse el pringue del oil massage.

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Lo del thai massage suena mejor de lo que luego es… No happy ending.

Ya no veríamos más a Tao, de momento, pues sabemos cómo ha empezado este viaje, pero ni en este blog se sabe todavía cómo va a terminar.

Seguimos haciendo autostop nivel principiante y nos plantamos en Chiang Rai. En un paseo ya tenemos hostal barato con terraza para tender la ropa y estamos cerca del mercado nocturno. Parece una interesante visita, así que vamos, ojeamos qué puede estar bien para cenar y preguntamos la hora de cierre. Las 21:00.

Volvemos para jugar al adictivo billar y a las 20:30 creemos que es buena hora para volver al night market. Pues ya no queda mucho más que unos rollitos fríos y otra especie de verdura en tempura que queremos probar… hasta que lo probamos. Por lo menos a las 21:00 conseguimos estar cenando un plato de verdad, el pad thai que nunca falla, con vistas al reloj que da nombre a la plaza.

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Clock Tower en Chiang Rai. (Foto de mundo-nomada.com)

No nos despertamos ni lo temprano que queríamos ni lo tarde que hubiéramos deseado, pero empezamos con fuerza haciendo unos ejercicios matutinos, lavando y tendiendo la ropa. Nuestros estómagos están más que listos para la comida más importante del día y vamos a darle una segunda oportunidad al mercado. Esta vez sí que nos lo gozamos, tortitas de coco, bizcocho, fruta… y bien rápido para ir a alquilar la moto y aprovechar el día.

Una moto automática a un precio normal y otra más vieja para ahorrarnos un dinerito y que según el empleado era muy reliable (confiable en español). En la primera recta larga ya noté algo extraño, estaba aparentemente limitada, no superaba los 70 km/h. El motor se paraba y comenzaba a ir a tirones, seguramente la RE technology (tecnología CON en español), pero aún así seguimos, nada grave para esas carreteras aunque algo tedioso más adelante.

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Y se nos unió Aram… Emilio
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El White Temple. Macabro para algunos, original para todos.
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Haciendo eso de sightseeing, pero sin dejar de hacer el idiota.
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Pues eso, sin dejar de hacer el idiota…
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Mil y UNA manos.
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Dentro del White Temple. Que cada uno juzgue el dibujo como quiera.

Después de la visita obligatoria al Templo Blanco, recomendable a la Casa Negra y a un géiser por sorpresa, estamos ante un día cuasiperfecto, pero yendo a Mae Salong cayó la niebla. Pensamos que era el típico descenso en la sensación térmica producido por la velocidad de la moto y seguimos. Subimos y subimos y subimos. Seguimos subiendo y llegamos en el tiempo justo para hacer posible este “cuanto de luz” según Einstein, para nosotros simplemente el primer fotón del equipo al completo.

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Atardecer desde Mae Salong.
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Aprovechando el géiser para cocer los huevos de codorniz que nos comimos.

Hora de descender. Ya es de noche y descubrimos que tenemos dos “chaquetitas” para tres. Según Sule estaríamos a unos -10 grados, Santi diría, bueno… (2-3 segundos de pausa para pensar como intentar no desmentir a Sule) realmente serían +10 grados. Y yo os digo que posíblemente 0 porque estábamos totalmente helados, llegué a agradecer que la moto no superara los 60-70 km/h.

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La Black House

Volvimos por otro camino que nos recomendaron, cuando parecía que ya estábamos abajo vemos un cartel de que nos faltan 45 km, demasiados para la moto de Santi y Sule que ya estaba en la reserva, pero… ¡gasolinera! Paramos, no tienen la gasolina que necesitamos y mi moto no quiere arrancar (ésta debía ser la LIA technology o tecnología FIA en español). Le habían quitado el arranque eléctrico y me habían dicho que ni rozásemos el cebador. Con el frío necesité unas docenas de intentos de pedal para conseguir entrar en calor, más que la moto, que aún necesitó unas cuantas más gotas de mi sudor.

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Para cenar… ¡Cocodrilo! En la Black House
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Juego de tronos tailandés.

Vemos carteles azul esperanza, más que el verde intenso de mis mejores elecciones culinarias, que indicaban que la autovía estaba cerca y llegamos a un cruce. El momento perfecto para descubrir la tecnología BLE. Sí, en neutro también se paraba el motor y había que volver a hacer el show del pedal, por fin averigüé a qué se refería con que era una moto RE-LIA-BLE o CON-FIA-BLE en español.

Un poquito más de frío, parada en MAKRO para cenar ante la absorta mirada de los empleados que nos sellaban el ticket cada vez que entrábamos para incrementar un plato a nuestro “menú”, alguna trampa por la cuneta o doble cambio de sentido para evitar parar la moto de nuevo y llegamos a la ciudad.

A la mañana siguiente, tras un intento inútil de reclamar por la ruina de moto, miramos hacia delante buscando nuevas buenas experiencias, comenzando por diseñar otro nutritivo desayuno en nuestro querido mercado para coger fuerzas para una nueva etapa de autostop.

Vuelta a levantar el dedo y llegamos sin ningún problema hasta la frontera con Laos, cómo echaríamos de menos la increíble facilidad del autostop en Tailandia. Empezamos cogiendo de mala gana un autobús para pasar al otro lado y a partir de aquí pasamos de nivel, la dificultad subió notablemente. En Laos ya no iba a ser tarea tan fácil. Aún así conseguimos que nos llevaran hasta un hostal bastante barato, suerte bien diferente de la que parecíamos íbamos a tener con la comida. Una salchicha especiada cuesta más que dormir tres personas con minibar y televisión. Eso sí, lo mejor que podemos decir de la cama es que podemos continuar haciendo nuestra “tabla de ejercicios”. Pasamos página, nuevo país, nueva moneda, nuevos precios, nuevos personajes, muchas historias y más ganas todavía con las que continuar.

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