Tierra a la vista

<<Todos viajamos, unos más cerca y otros más lejos. Unos de casa al trabajo, al bar, o a ver a un amigo y otros viajan a Teruel, a Moscow, a la India o al Polo Norte. Pero… ¿qué es viajar si no vivir? Todos andamos de aquí para allá, de un destino a otro y lo que pasa entre destinos es nuestra vida. Muchos tienden a darle más importancia al destino en sí que al camino recorrido para llegar. Estos caminos que recorremos realmente ocupan el total de tiempo del que disponemos, y eso es mucho tiempo como para permitirse obviarlo. Ese tiempo es nuestro VIAJE, es nuestra VIDA. Esta aventura, como muchas otras, nació del deseo de explorar, conocer y experimentar; del deseo de exprimir y disfrutar el camino como forma de vida y convertir los destinos en lo que son, en parte del camino.>> David Abbas.

Y aunque el camino de nuestro amigo David, quien empezaba con ese párrafo su aventura, continúe mientras que el nuestro se acaba, no dejaremos de explorar, conocer y experimentar. No dejaremos de caminar por el sendero de ese viaje en el que el destino no es más que una etiqueta para recordar las experiencias. No dejaremos de caminar por el sendero de la vida mientras haya tierra a la vista.

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Con Julio y David en nuestra última noche en Bangkok. Buen viaje máquinas.

Nos despedimos de la isla Pulau Perhentian llevándonos un buen recuerdo de las casitas de colores, de las volteretas desde la plataforma flotante, de los peces cariñosos que besaban cuando tenían oportunidad, de las películas en el bar de la playa. Le dijimos “adiós” a nuestra última isla del viaje, abriendo bien los ojos para poder perdernos en el mar cristalino una última vez.

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Nuestro hostel en Perhentian, en primera linea de “playa”.
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Las aguas de Perhentian no tienen mucho que envidiar a las de Ko Lipe.

Llegamos a puerto con carteles recordándonos que debemos vestir en consonancia con la cultura (musulmana) del país. Tras un encuentro fortuito con un conocido asturianín, Miguel, vuelta a la carretera, donde nos hace de chófer una encantadora familia inglesa hasta  el centro de Terengganu. Esta capital tiene grandes atractivos, hasta una de las mezquitas más fotografiadas de Malasia, pero antes de empezar con el turismo arquitectónico, nos adentramos en la ciudad con las ganas de turismo gastronómico. Dimos vueltas y vueltas por la insistencia de Sule, sudando para volver al primer hostal que habíamos visitado, pero es que como dijo alguien una vez: “Mirar hasta debajo de las piedras y no encontrar nada es progresar”. Cerca fichamos la codiciada pastelería y conseguimos sacarle bastante jugo a la ciudad: mezquitas en la lejanía, playa, un encantador barrio chino y hasta algo de shopping.

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Arte en la calle. El mural muy guapo también.

El siguiente destino era Kuantan, que apuntaba a ser parecido. Por casualidades del destino, a mitad de camino el conductor que nos ayudaba esta vez resultó ser el propietario de unos bungalows en una playa que, si no resultaba muy paradisíaca, sí valió para relajarse un par de días. Incluyendo además el desayuno, no hubo mucho que dudar del cambio Kuantan por Cherating (conocida como Perring en mi subconsciente), Sule y yo jugamos al fútbol playa mientras Santi se hacía sus larguitos. También hay que destacar que en poco tiempo conocimos varios personajes dignos de nuestro top: el abuelete “duracell”, el dueño del hostal amigo de todos, el americano autista que no sabemos todavía si buscaba trabajo o huía de la justicia por asesinar en serie, locales y turistas que se conocían de toda la vida y se hacían propuestas de dos rombos…

Después de unos días de relax, nos fuimos sin mucha decisión al parque nacional Taman Negara. Y las dudas no son buenas. En mi opinión es un sitio muy interesante, pero había que darle más tiempo o dinero para explotarlo mejor con un safari nocturno, un crucerito por el río o un trekking de varios días al pico más alto de la región. Nosotros ahorramos hasta un ringgit si se puede pasar el río a nado o incluso andando en lugar de en barca y esta vez no tuvimos la suerte de encontrarnos un elefante en nuestro camino, aunque sí vimos pajaritos muy bonitos.

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Emilio haciendo de las suyas, intentando abrir un candado con un trozo de lata.
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Paradina a repostar. Sandwich de  pollo enlatado y moscas por todas partes.

Camino a Kuala Lumpur (KL para los amigos), para variar, nos recogieron otros dos figuras malayos. Nos preguntaron si teníamos tiempo y entre risas y llamadas nos propusieron desviarnos a Genting Highlands a ver los casinos. Prisa nosotros no teníamos y menos cuando al poco tiempo nos dicen que podíamos quedarnos en su habitación VIP de un hotel de lujo. Todavía no entiendo cómo dudamos porque las fotos muestran que todos tenemos una pequeña Pretty Woman dentro. Corte de pelo, cine del bueno en nuestra tele de plasma del salón, baño-jacuzzi con la Fórmula 1, cafetito/té de nivel y agua ilimitada. Y menos mal, porque todo lo demás que pudimos encontrar fuera fue un McDonald’s a doble precio, un casino donde nos las arreglamos para ganar un dinerillo y mucho ludópata, hasta con las familias.

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Los fenómenos que nos recogieron y nos cedieron su habitación.
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“Esa colcha está demasiado blanca, yo ahí no me meto”.
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Flipándolo con los anonadantes inventos del s.XXI
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Pillados por sorpresa. (Sule no calza un 64, es la perspectiva).

A la mañana siguiente después de un placentero sueño en colchón viscoelástico me pregunto cuál será mi tótem, puesto que no puedo parar de preguntarme si sigo en el sueño. Prefiero no saberlo, aunque lo estuviera no quiero despertarme todavía, quedan muchas aventuras por vivir.

Aventuras porque la gente en Malasia no es normal. Nos vimos acostumbrados a una suerte incomparable a la de ningún otro país. Dos minutos después de abandonar la habitación del hotel estábamos en la carretera de salida de este Las Vegas malayo, y no tardamos ni 30 segundos en ser recogidos por una joven pareja que nos llevaría hasta KL. No contentos sólo con eso, nos llevaron a comer a un famoso y cercano restaurante chino para probar un par de platos típicos cuya historia explicaban orgullosos. Casi no probaron bocado porque ellos ya habían comido, y se limitaban a comprobar que todo estuviese a nuestro gusto. Supongo que no cabe mucha duda de quién pagó, aunque yo, desdichado portador de la cartera de rupias, takas, kips, dhongs, kyas, y otras cuantas divisas más, tuve que hacer el ya tantas veces repetido intento de no dejarnos invitar por alguien que ya nos está haciendo un gran favor, intento tan embarazoso como inútil.

En Kuala Lumpur nos dedicamos a explorar sus calles paseando bajo los abrasadores 38 grados que castigaban la nuca y el bolsillo a base de ice-teas y coca-colas.  Algún museo, alguna que otra plaza o mercado, 3 o 4 templos y al caer la noche, a contemplar las Torres Petronas, el quinto edificio más alto del mundo a día de hoy. Cuatrocientos cincuenta y dos metros de hormigón y vidrio que nos recuerdan que el Sudeste Asiático humilde que conocimos ha quedado atrás para no volver más en este viaje, que KL, Singapur y Bangkok ya se parecen más a Europa, que hace mucho que perdimos de vista las chabolas y saris de India, que el 3 de mayo se acerca inminente.

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Las Torres Petronas.
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De paseillo por Kuala.
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Teníamos que hacerlo…
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…Sí, lo siento.
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Teníamos que hacerlo.

Una pausa en una ciudad tranquila entre las tres capitales nos desahogaría de tanto rascacielos y bullicio. Melaka se presentaba como pueblo gastronómico e histórico. Es curioso como la comida tradicional se va anteponiendo a cambios de cultura, de dirigentes, de emperadores y de esclavistas. Supongo que el paladar no entiende de razas, de clases, de vestimentas y al final puede que sólo llegue a entender de hambre. Cuando ésta arrecia en una persona, ya importa bien poco de dónde procede, qué lleva, cómo se hizo o quién la cocinó, si es que se cocinó. Pero si el sabor es bueno, entonces la cuenta.

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Santi en la milla 0 de Melaka.
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Graciosos y horrendos tuk-tuks en Melaka.
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El río que atraviesa la ciudad.
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Un toro que quiere cobrar vida.

Nuestra última experiencia autostopista (al menos de los tres juntos), sería para llegar a Johor Bahru, última ciudad malaya antes de entrar en Singapur, donde haríamos noche, al igual que muchos malayos que trabajan en la gran ciudad, para pagar un precio menor por habitación.

Emilio y su pie infectado tenían que reposar ya que se avecinaban dos días de caminata intensa, así que básicamente cenamos y dormimos. Hamburguesas debajo de casa a 0,60€… Malasia cómo te queremos.

En un autobús, medio al que no nos subíamos desde nuestra salida de Ho Chi Minh City hacía dos meses, llegamos al destino, Singapur. No sólo el destino del intermitente viaje de 20 minutos en bus, parando para pasar aduanas y sellar pasaportes, el destino y punto final de algo más grande. Un viaje de 7 meses, una aventura que quedará grabada en nosotros por muchos años. Singapur resonaba siempre al final de nuestras explicaciones a otros viajeros: India, Nepal, Bangladesh,…, Singapur. Sonaba como algo inalcanzable, como si, unidos por un hilo inextensible, cada vez que avanzáramos él se alejara de nosotros. Un vistazo a Google Maps sirvió para despabilarnos de tanta incredulidad y vernos en ese último trocito de península accesible por tierra. El final del viaje, del sudeste asiático, donde el mar nos impide seguir hacia delante, Indonesia, Filipinas, Australia, tan cerca pero a la vez tan lejos.

¿Pero qué final en realidad? En esta vida no hay finales, tan sólo pausas, puntos y seguidos de una historia interminable. Al igual que las tortugas bobas, que vuelven después de años de viaje a la playa que las vio nacer para poner sus huevos,  volvemos a nuestro hogar, a nuestra tierra, con nuevos planes a corto plazo que irán quedando atrás, sepultados en el foso de la realización por nuevos planes a corto plazo. ¿Quién no sueña día a día con el mañana, con dentro de una semana o un año, como si no pudiéramos resistirnos a proyectar un futuro que desconocemos y que se abalanzará sobre nosotros sin importarle lo mucho que hayamos pensado en él, planeado un partido, imaginado una novia, unos amigos, organizado nuevos viajes?

Conversaciones con otros viajeros, cracks como David y Julio, y preferencias y sensaciones personales nuestras no hicieron más que formar nuevos viajes en nuestra mente: los Stanes, Sudamérica, Europa del Este… Mucho mundo aún por recorrer.

Pues eso. Kant, Leibniz y Schopenhauer llegaron felizmente a Singapur. Allí nos esperaba una amiga que habíamos conocido en el Erasmus: Erin. Una chavalina muy maja que con la ayuda de sus amigas estudiosas de historia del arte nos enseñaron la ciudad durante los dos días que estuvimos allí.

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Con nuestra colega Erin, su amiga y los famosos “Gardens by the Bay”.
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Lo que más nos flipó del jardín botánico.
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Y algún nombre curioso.
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Hijo, eso antes, todo campo. Pues ahora, bancos.
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Y otra foto más. Porque lo valemos.

Singapur es una ciudad rica, la Nueva York del Sudeste Asiático para entendernos (aunque nunca he estado en NY). En las aceras ya no hay puestos de paisaninas cocinando chicken rice o chicken noodles en woks abollados, con sus carritos de comida y sus banquetas de plástico a rastras, se transformaron en verdes Starbucks y rojos McDonald’s, los tuk-tuks quedaron sepultados bajo las vías de un metro que serpentea subterráneamente la ciudad y que parece haber arrebatado a la gente la habilidad de caminar.
Disfrutamos de las impresionantes vistas del famoso Marina Bay y de todos los edificios de bancos que de noche, gracias a la iluminación, forman un colectivo que impresiona; de jardines botánicos reales y ficticios adornados diariamente con espectáculos de música, luces y agua; de algún otro espectáculo con “leones” en la calle y de una cena por todo lo alto con Erin, su novio y una amiga. En definitiva: lo pasamos como enanos.

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Espectáculo de luces y música por la noche.
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Con Erin y el Marina Bay Hotel al fondo.
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Espectáculo de agua y luces en frente del Marina Bay.
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Singapur en su máximo esplendor.

Tiene narices que, después de 7 meses de viaje y habiendo dormido en unos cuantos sitios bastante roñosos, una única noche en Singapur en el hostal más caro del viaje y pillamos chinches.

Con un fuerte abrazo nos despedimos de Emilio, que esa noche dormía en el aeropuerto ya que al día siguiente tenía un vuelo a Jakarta (Indonesia). Tres meses y medio de intensa convivencia por Tailandia, Laos, Vietnam, Camboya, Malasia y Singapur, quién nos lo hubiera dicho en Luleå dos años atrás.

Y nosotros dos nos volvimos a Johor Bahru, desandando lo andado, con una sensación de extrañeza, confusos por la esperada presencia y el sabor agridulce del ineluctable final.

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One thought on “Tierra a la vista

  1. Hola!!
    Solo deciros que somos dos chicas asturianas, que este Noviembre 2017 vamos hacer un viaje por el Sudeste asiático y estamos muy enganchadas a vuestro blog. Nos encanta y nos estáis siendo de gran ayuda para la planificación. Mil gracias!! 😉

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