Algún día

Cae la noche y nuestro bus se dirige a Jaisalmer. Volvemos a ser testigos del mal estado de las carreteras en India. El trayecto a la ciudad dorada no es más que un continuo intento por conciliar el sueño entre bote y bote. La clase sleeper ofrece cama, pero de nada sirve ante la ingente cantidad de baches en el camino.

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Bus Sleeper. La foto ha sido tomada con el bus en movimiento, como se puede ver.

Son las siete de la mañana y nos bajamos del bus. Volvemos de nuevo a Couchsurfing, buscando un hospedaje tranquilo, gratuito y, de una vez por todas, sin extrañas situaciones.

Esta vez nos acoge Toffi. Un joven de 27 años de edad que lleva un hotel. Empezamos a acostumbrarnos a couchsurfers indios que acogen en hoteles, pero seguimos sin entenderlo. El lugar se ve nuevo, de piedra y con unas habitaciones muy cómodas. Toffi, a su vez, resulta risueño y volcado con la historia del CS.

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Habitación en el hotel Saraswati Palace de Toffi.

Conocemos una pareja española y les hablamos de couchsurfing. Flipan. ¿Alojamiento gratis y en un hotel? Ellos están pagando por una habitación similar a la nuestra. Les gusta la idea y toman nota. Seguimos con la conversación, los planes que tienen y los que tenemos, y sale el tema que nos va a perseguir el resto de nuestra estancia en Jaisalmer: Camel Safari.

Consejo: si vais a Jaisalmer, tanto si queréis hacerlo como si no, tanto si vais de couchsurfing como si no, decid que no os interesa el Camel Safari o que ya lo habéis cogido con otra agencia. Si lo queréis hacer, coged una agencia pero antes preguntad en varias. El precio ronda las 1500 rupias pero lo podréis conseguir hasta por unas 1000 rupias.

Los españoles se lo compran a Toffi por 2600 rupias cada uno. Nuestro anfitrión nos ofrece el mismo safari, dice que es non touristic y que es especial (como te van a decir todas las agencias). Nos lo intenta vender pero siempre diciendo que no nos sintamos obligados.

De primeras nos parece bien que nos diga lo de que no nos sintamos obligados y tal, y de hecho nos rebaja el precio a 1500. Pero más tarde nos damos cuenta de que parece que es lo único que quiere, vendernos el maldito safari. No hemos tenido una conversación con Toffi en toda nuestra estancia con él en la que el tema safari no haya salido a flote.

Sin embargo, en Jaisalmer hay más cosas que hacer: visitar el fuerte que se alza en mitad de la ciudad, ir al lago a ver cómo hacen rituales fúnebres en él y dar una vuelta por el mercado que recorre el centro.

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Lago de Jaisalmer. Tan sagrado y tan sucio como el resto.

Pero, sin duda, nuestra mejor experiencia en Jaisalmer ha sido conocer, a través de couchsurfing, a Manoj; un chaval joven que no nos pudo acoger en su casa, pero con el que quisimos quedar y tomar un chai. Trabaja en un café-restaurante llamado Kaku. Nos viene a recoger y vamos en moto cruzando todo el mercado. Nuestras rodillas pasan limando varias veces a viandantes, vehículos y vacas, pero aquí se lo tienen más trabajado que Valentino Rossi y nunca chocamos. ¡Qué manejo de las dos ruedas!

Nos sorprende el sitio: un tranquilo café con una terraza que sobresale de una colina. Las vistas no pueden ser mejores, la ciudad posa a nuestros pies y el fuerte se mantiene en un peldaño de superioridad.

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El fuerte de Jaisalmer, y la ciudad dorada a sus pies.

Conocemos a Sawai y a otros dos amigos más que trabajan allí. Aparece también Nishant, que con su hermano lleva el Kaku Cafe. Nos traen un chai y empezamos a conversar. Hablamos de deporte, de las reglas del cricket y de la afición a él, de que por mucho que se le considere casi una religión y que sea el deporte número uno en India, no lo vas a ver en restaurantes o cafeterías, a no ser que sea la final del Mundial contra Pakistán. “Hay cinco religiones en India: Hinduismo, Cristianismo, Islamismo, Sikh y el cricket”, nos dicen riendo. Hablamos de religión, de que respetan a todas, pero que siempre hay fanáticos y radicales, como en todos lados. Hablamos de comida, de que la mayoría de gente es vegetariana pero ellos no, les gusta el pollo pero sobre todo la cabra. Preguntamos por qué no vaca, por qué son sagradas. Entonces les viene a la mente la imagen de comer carne vacuna y se horrorizan. Dicen que vaca es madre. Hablamos de historia, de cuándo se fueron los ingleses, de cuándo se independizaron Bangladesh y Pakistán. Hablamos de geografía, de los distintos estados y de su diferente cultura en cada uno de ellos, de que merece la pena el Norte y de que en el Sur todo es muy distinto. Hablamos de idiomas, de que en cada sitio de la India el hindú puede ser completamente diferente, y que con los sureños se hablan en inglés. Hablamos de castas, de cómo uno de ellos, Sawai, ha de casarse con quien le digan sus padres. No puede tener novia. No puede dar la mano a una chica. No puede estar a partir de las once de la noche fuera de casa. Hablamos de fiestas, de que ellos no tienen, de que sólo en nochevieja montan algo parecido. Hablamos de Europa, de viajar. Sawai se ríe. Dice que algún día, pero lo dice con esa sonrisa que significa que su vida está más que planeada y que, probablemente, jamás verá más que desierto. Hablamos y hablamos. Hablamos y nos damos cuenta de lo diferente que es todo. Sawai tiene 26 años y tiene la vida que le han impuesto, y tendrá la vida que le impondrán. ¿Se puede llegar a amar a alguien con el que te obligan a estar? ¿Se puede llegar a disfrutar de una vida que no has elegido ni con quién compartirla? Sawai no apaga su sonrisa y, a mí al menos, me emociona verle tan feliz a pesar de que su vida no es más que un río que ya sabe a qué mar va a parar.

Y es que, qué suerte hay que tener al nacer. Por eso tú, que estás ahí leyéndonos, párate a pensar, dos minutos aunque sea. Párate a pensar y, aunque igual hoy no haya sido tu mejor día de la semana, llama a tus padres, dales las gracias, queda a tomar algo con tus amigos, date una vuelta con tu novia o tu hermano y, por un momento, sé consciente de lo mucho que tienes. A la hora, tu mayor preocupación volverá a ser el examen que tienes el viernes o qué te vas a poner el sábado. Así es, así somos. Pero ojalá hayamos podido haberte hecho pensar esos dos minutos y haberte recordado lo afortunado que eres, que somos.

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Con Sawai (izquierda) y Nishant (derecha) en el Kaku Cafe.

Al día siguiente nos levantamos con el plan de ir a ver a Karan, otro de amigo de Manoj. Lleva una agencia de, nunca lo adivinaríais, camel safari. Vamos con el objetivo de ayudarle en el negocio, respondiendo mails, interactuando con turistas extranjeros… No parece complicado, y a cambio, el safari for free. O esa era la idea, pero llegamos allí y tras una hora esperándole, nos vamos. Hay mejores cosas que hacer en Jaisalmer que mirar cómo gira un ventilador; pocas, pero las hay.

Vamos al mercado en busca de arreglar el wifi del móvil. En la tienda de Samsung nos dicen que 7000 rupias por arreglarlo, el móvil cuesta prácticamente eso. En otra tienda local se pasan media hora soldando cables y resistencias, pero tampoco consiguen nada. Y aquí es donde yo, Sule, saco mis dotes ingenieriles y abro la tapa, le meto un cartoncito, cierro la tapa, y ¡voilà! Problema solucionado. ¡Cómo me he venido arriba!

Entre tanto mercado y demás, decidimos que no haremos el dichoso safari (¿cuántas veces habré escrito esa palabrita ya?). Tema zanjado. Ni con Toffi, ni con Karan, ni con el mismísimo sultán de Rajastán. Y mañana nos marchamos, que aquí ya no hay más que hacer.

Volvemos de noche al café Kaku. Sabemos que a Sawai no lo veremos, probablemente, hasta más tarde; así que nos subimos al tejado nosotros dos solos. Valoramos las ciudades vistas hasta ahora, coincidimos en que Pushkar se lleva la palma y pensamos en qué nos encontraremos en el norte. Soñamos también con el futuro y se nos ocurren un par de ideas. (No las decimos que nos las quitáis, pícaros).

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Atardecer en Jaisalmer.

Y entre sueño y valoración aparece Agustín con su recién esposa. Argentinos, jóvenes y muy viajados.

Nos cuentan acerca de Sudamérica, que se la han recorrido desde la Patagonia al canal de Panamá. Se quedan con Chile, y nos advierten sobre Venezuela. Se nos iluminan los ojos. No hemos hecho más que empezar un viaje y ya pensamos en otro.

Intercambiamos información sobre el sudeste asiático y pasamos largo rato teniendo una gran charla, que si Myanmar, que si el Himalaya, que si el ministerio de felicidad en Bután. Pasamos a hablar de cine. El secreto de sus ojos, Celda 211, Biutiful, Días de vinilo, La lengua de las mariposas, Nueve reinas, Mar adentro, 21 gramos. Algunas de las películas que salen en la conversación y que unos nos aconsejamos a los otros.

Para la mañana siguiente quedamos con Bhawani, hermano de Sawai. El encuentro es corto pero placentero. Tampoco ha viajado mucho, un par de ciudades o tres más allá de su desierto, y no se ve que lo vaya a hacer.

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Charla con Bhawani.

De tarde volvemos al Kaku Cafe. Es nuestro último día en Jaisalmer y nos queremos despedir de nuestros amigos. Llegamos a las cinco de la tarde con la intención de pasar un par de horas, ver el atardecer, decir adiós e ir al hostal a descansar antes de salir de la ciudad. Pero una vez más las cosas no salen como se planean.

Sawai y Nishant aparecen justo antes de la puesta de sol y, como hasta ahora, la charla no defrauda. Seguimos aprendiendo de castas. Nos habíamos quedado con la mosca detrás de la oreja, y queríamos saber su opinión, si aquello iba a cambiar. Otra vez la repuesta es “algún día”. Tanto Nishant, de la casta alta, como Sawai, de una más baja, quieren el cambio. Las cosas van despacio, dicen, pero cambiarán. En su rostro se refleja el pensamiento que le recorre a Sawai por la cabeza: “Aunque no se si estaré aquí para vivirlo”. La impotencia se apodera de nosotros. No hay nada más que queramos que coger a Sawai y meterlo en el siguiente vuelo a Asturias. Que vea la playa, la montaña. Que vea a la gente. Que salga de fiesta. Que no se preocupe de la hora. Que conozca a una chica, o a dos. Que se divierta. Que vea mundo. Que su sonrisa se convierta en pura felicidad y que desaparezca el dubitativo “algún día”.

Nuestros amigos nos invitan a cenar y tras tres días con ellos nos piden un favor. Nos dicen que si les podemos aconsejar sobre cómo publicitar el local. Están en vacas flacas y no saben qué hacer para conseguir clientes. Tienen cuenta en TripAdvisor y nos piden que les demos una referencia positiva.

Nosotros, encantados, se la damos; e intentamos darles ideas para que el negocio pueda empezar a funcionar. Les hablamos de la Lonely Planet, de que rellenen un formulario y que intenten salir en la próxima edición. El 80% o más de los turistas lleva esa guía consigo y hacen fiel caso a sus recomendaciones. Tienen un lugar perfecto, tienen un ambiente relajado, tienen unos trabajadores amables. Sólo les falta publicitarse.

Llega la hora de despedirse. De decir adiós a Manoj, a Nishat, al Kaku Cafe y a nuestro amigo Sawai. Queda la promesa de que algún día nos volveremos a ver.

Sin duda, lo que rescatamos de Jaisalmer es la gente que conocimos. Y es que, tanto cuando viajas como cuando estás en casa, las personas que te rodean hacen el momento.

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8 respuestas a “Algún día

  1. Muy importante la alusión al examen del viernes😂… Ojalá pudiese salir a darme una vuelta con mi hermano pero me pilla un poco a desmano 😩. Muy buenas reflexiones ingenieros! Seguiremos pendientes

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