Pad See Ew

Como un niño que observa desde el coche cómo el pueblo en el que acaba de pasar el verano desaparece entre un mar de eucaliptos y nubes grises, veíamos como quedaban atrás Siem Reap y sus memorias. Lo hacíamos desde la parte trasera de una camioneta, desde donde intercambiábamos largas miradas que acababan en saludos y risas con la gente que íbamos dejando atrás, y quedaban sus rostros retratados sobre el fondo seco, llano y despoblado que cubre esa parte del país.

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Hasta la vista Siem Reap.

Hola de nuevo Tailandia. Vuelta a los bahts, a los pad thais y al tan majo sabadee kap. Sin ningún rumbo concreto y sin más propósito que tirar millas hacia el sur, nuestro taxista particular nos dejó en algún lugar de las afueras de Bangkok. Un coloso rutilante se alzaba ante nosotros y no pudimos resistir a darnos una vuelta por Europa en forma de centro comercial. Paseamos por el supermercado con la misma cara de asombro con la que visitamos los templos chinos y budistas, pero esta vez sin ser fingida. Zumos de todos los sabores, panadería dulce y salada, galletas de mil tipos diferentes, leche, yogures… Después de mucha duda y debate acerca de cómo invertir el presupuesto, nos fuimos con nuestra exquisita selección a buscar un sitio para sentarse un poco. Degustamos con fruición el néctar y la sana bollería en unas sillas y mesas destinadas a los posibles compradores de un Mazda familiar que se exponía en medio del pasillo.

Una vez acabado el festín, quisimos volver al ruedo, pero por la infinita pereza que nos daba decidimos decidir que era imposible hacer autostop a esas horas (cerca de las ocho de la tarde) y en ese sitio tan poco favorable para ello; así que nos dignamos a pagar una minivan que nos sacara de las inabarcables afueras de Bangkok y nos llevara a la siguiente ciudad más cercana, pensando en seguir rumbo al sur a la siguiente mañana.

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En Tailandia, po lo segao. (La foto es de Railay pero la metemos aquí para oxigenar un poco tanto texto)

Una vez allí y sin tiempo que perder, nos pusimos a la cansina y frustrante tarea de encontrar alojamiento cuando ya es de noche y sientes que tu dinero se va en dormir unas horas bajo un techo y nada más. No de la manera más ética quizás, pero sí la más barata, nos las apañamos para dormir entre cuatro paredes.

Con la ilusión de encontrar el alojamiento baratísimo por tratarse de un lugar en el que no para ni Willow nos encontramos con un precio de habitación que no habíamos pagado todavía en Tailandia.

Nos entró la vena rata y dijimos que no, que no íbamos a dormir por ese precio. Buscando alguna otra alternativa intentamos convencer artificiosamente a los trabajadores de un parque de bomberos para pasar la noche con ellos pero, tras debatir un rato entre risas, nos acabaron diciendo que no iba a ser posible. Adiós a nuestra ilusión de revivir la película Rec en primera persona. Pasaba el tiempo y cada vez veíamos más inevitable el dormir en la calle o en un parque cuando, de repente, una pareja de jóvenes paró con el coche, ya que en la calle se había causado cierto revuelo al pensar los vecinos que íbamos a dormir tirados en la acera, y se ofreció a ayudarnos. Nos preguntaron qué precio queríamos pagar y se fueron a intentar negociar con el dueño de la estancia que acabábamos de rechazar.

Volvieron diciéndonos que el susodicho no cedía, pero que nos podíamos quedar a dormir en la estación de policía. Accedimos de buena gana pero cuando llegamos allí los oficiales no parecían muy por la labor. Tras una larga conversación en tailandés a la que asistimos atentos y con cara de buenos, se resolvió que dormiríamos en la guesthouse de marras invitados por la policía. Momentos de duda, miradas incrédulas entre nosotros, decidimos que sería un poco impresentable y tratamos (tampoco muy convencidos, todo hay que decirlo) de negarnos, pero ya no hubo manera.

A las 6am, como un reloj, el dueño nos despertó y nos invitó a marcharnos. Así empezamos el segundo día de autostop, que nos llevaría a Prachuap Khiri Khan.

Autoestop hasta Bangkok sur
Obra de arte by Rubén Suleja, que escribe mejor en Tailandés que en castellano.

Como no podía ser de otra manera en Tailandia, el camino lo hicimos en la parte trasera de varias rancheras, acomodados como piezas de Tetris entre mochilas, piñas, cuerdas y cajas de todos los tamaños, geometrías y durezas (Sule casi cae por la borda, como cuando las piezas en el citado juego se van acumulando y llegas al “Game Over“). El sol en todo lo alto castigaba las pantorrillas así que había que echarse algo de crema. Esta sencilla tarea puede no serlo tanto, y lo puedes comprobar fácilmente poniéndote un ventilador delante de la cara que propulse el aire a 120 km/h, cuando tienes un segundo escaso para aplicarte la crema al cuerpo, antes de que salga proyectada en mil partículas contra la luna frontal del coche de atrás.

Aterrizamos como dije en Prachuap Khiri Khan, una ciudad donde, según llegamos, creímos haber encontrado un tesoro escondido pero que poco a poco fue revelándonos por qué no tiene tanto turismo.

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La  playa de Prachuap Khiri Khan.

Nos hospedamos en un hostal muy rural y muy amante que gestionaban varios backpackers de la old school, sexagenarios todos ellos; que viven en esta pequeña localidad costera con playa de acceso restringido por encontrarse en medio de una base militar, o la base militar en medio de la playa.

Emilio tuvo su entrevista de trabajo, nosotros dos inspeccionamos la zona y por la tarde nos reunimos y decidimos marchar al día siguiente, la tierra prometida del sur tenía mejores cosas que ofrecer.

De playa en playa y Krabi por que me toca. 496 km de autostop, larga etapa que acabamos a lo grande, en coche con sólo otro pasajero, el conductor; con aire acondicionado, a 160 km/h y encima el buen señor se desvió 60 km para dejarnos en nuestro destino exacto. Mejor imposible.

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Gracias buen señor.

Buscamos alojamiento, dimos un paseo, cenamos, y al día siguiente excursión por la bahía de Railay.

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Desembarcando en Railay.

Fue un día de lo más completo. Un poco de playas y snorkeling, un poco de off road, un mirador, un camino bastante empinado con una trepidante escalada incluida para llegar a un lago fangoso, otro poco de playas, unos monos que robaban botellas de agua a turistas demasiado confiados, un par de barcos y vuelta para casa.

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Vistas desde el mirador.
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¡Menudo pedrolo!
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Bear Grylls en acción.

Tailandia es turismo de playa está claro. Y a pesar de haber tenido una pequeña ración de ello en Vietnam y en Camboya, seguíamos con ganas de más.

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Fotos del day tour que hicimos en Koh Lanta.
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Emilio intoxicando a los peces.
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Preparando la piña.

Koh Lanta. Una de las islas más grandes de Tailandia y donde por tanto el turismo no se deja notar tanto, ya que se reparte mejor. En una guesthouse con billar, con un colega que jugaba con nosotros y en sus ratos libres conducía un tuk-tuk y con un dueño que pinchaba Ska-P, encontramos el alojamiento más barato de la isla. Nos quedamos 6 días de tranquileo en esta isla que nos dejó un muy buen sabor de boca. Y no sólo por los pad see ew y los donuts 3×50 bahts.

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Aprendiendo la receta del pad see ew.
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Un poquito más de ajo, otro cabello de unicornio, y listo.

Nos dedicamos a dar lecciones magistrales de volley playa, a comer bien, a alquilar unas motos y recorrer la isla, a relajarnos (nosotros también necesitamos de eso, a veces), a escribir un poco, a aprender algo del mercado de valores, de quién fue Manuel Llaneza, de cómo intentar acabar un libro en inglés…

Y, como no, a proseguir con el indescifrable jeroglífico de futuros. Que si recoger fresas en Nueva Zelanda, que si curso de español para extranjeros, que si máster de economía en Madrid, que si vendedor ilegal de mercadillos en Australia, que si ingeniero de sonido en Suecia…

Tanto pensar y tanto devanarse los sesos para que, de la noche a la mañana, un ordenador dicte sentencia y un ser ajeno y extraño elija por ti entre todos los diferentes futuros con los que habías fantaseado.

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